"Solo cinco minutitos" y te levantas una hora y veinte después. Saliste de casa a tiempo y llegaste veinte minutos tarde, otra vez. La entrega era dentro de tres semanas y siguió siendo "dentro de tres semanas" hasta que se convirtió en mañana.
No es que te dé igual el compromiso. Es que el tiempo no te está avisando nada.
Dos tiempos: ahora y no-ahora
Quien vive con esto suele describir el tiempo en solo dos categorías. Está el ahora, que es real, tiene textura y exige respuesta. Y está el no-ahora, una mancha borrosa donde viven el dentista del martes, el informe del mes que viene y la jubilación, todos igual de lejos.
Eso explica cosas que parecen contradictorias. La misma persona que deja pasar un plazo de dos semanas entrega un trabajo impecable en cuatro horas la noche anterior: esa noche, la tarea pasó del no-ahora al ahora. También explica por qué "te aviso la semana que viene" es una promesa sincera y un pésimo plan.
Por qué esto estorba más de lo que parece
Percibir el tiempo no es un detalle: es lo que permite planificar. Calcular cuánto tarda algo, dividir un proyecto en etapas, sentir que la ventana se está cerrando… todo eso depende de tener alguna noción interna de la duración.
Hacer visible el tiempo
La recomendación clásica en funciones ejecutivas es externalizar: si la percepción interna es débil, el tiempo tiene que quedar a la vista, afuera.
El hueco que queda
Fíjate que casi todo lo anterior depende de que alguien te ponga la información enfrente en el momento en que importa, y no en el momento en que se te ocurrió la buena idea de organizarte.
Un plazo anotado es un plazo que volvió a ser invisible. Para que exista otra vez, algo tiene que traerlo de vuelta, a la hora correcta, e insistir si no respondes. Ese fue el problema que me llevó a construir el ASB.