Lucía es diseñadora y lleva seis meses queriendo mandar su portafolio al estudio que más admira en el país.
En ese tiempo, respondió todos los correos de sus clientes el mismo día. Reorganizó las carpetas del Drive por año y por cliente. Cambió el tema de su sitio web dos veces, sin publicar ninguna de las dos. Aprendió a hacer pan de masa madre. Lavó el tapete.
El portafolio está en una carpeta llamada "PORTAFOLIO_FINAL_ahora_si". La última modificación fue en abril.
Si le preguntas, dice que no ha tenido tiempo. Pero tuvo tiempo para el tapete. No es que a Lucía no le importe el estudio. Es justamente porque le importa que el portafolio es la única tarea que no logra abrir.
¿Por qué posponemos justo lo que importa?
Porque la importancia no deja la tarea igual con un peso extra. La cambia por dentro. Lo que importa suele tener cuatro características que el resto de la lista no tiene, y cada una, por sí sola, ya es un empujón para posponer.
La explicación de fondo es la de Fuschia Sirois y Timothy Pychyl, que ya conté en la guía de cómo dejar de procrastinar: procrastinar es aliviar un sentimiento desagradable ahora y mandar la cuenta para después. Lo que este texto agrega es por qué las tareas importantes son las que más producen ese sentimiento.
Lo que la importancia le hace a una tarea
Se vuelve una prueba sobre ti
Lavar el tapete no dice nada sobre quién eres. El portafolio sí. Hacerlo mal, o que te rechacen, deja de ser un resultado y se vuelve un veredicto.
Es grande y no tiene forma
Las tareas importantes rara vez vienen con un paso a paso. "Mandar el portafolio" esconde elegir proyectos, reescribir textos, decidir el formato. Nadie te dijo por dónde empezar.
No tiene un plazo de verdad
El correo del cliente vence hoy. El sueño de trabajar en el estudio no vence nunca. Y lo que no vence pierde todas las peleas del día contra lo que sí vence.
La recompensa está lejos
El alivio de posponer es inmediato. La ganancia de hacerlo (la entrevista, el trabajo) está a meses de distancia, si llega. En la balanza de hoy, lo cercano pesa más.
¿Qué muestra la investigación sobre cada motivo?
La prueba sobre ti. En 2000, Joseph Ferrari y Dianne Tice llevaron estudiantes al laboratorio y a una parte les dijeron que la siguiente tarea era una prueba significativa de sus capacidades cognitivas; la otra parte escuchó que era solo para divertirse. Antes de la tarea, todos podían practicar o distraerse con otras cosas. Los procrastinadores crónicos pospusieron la práctica solo cuando la tarea se presentó como evaluación. Cuando era diversión, se comportaron como todos los demás. El aplazamiento funciona como una excusa preparada de antemano: si sale mal, fue porque no hubo tiempo, no porque faltó talento.
La tarea sin forma. Allan Blunt y Timothy Pychyl (2000) siguieron los proyectos personales de estudiantes y encontraron más procrastinación en los proyectos que se sentían aburridos, frustrantes o que generaban resentimiento. Y la fuente de la aversión cambiaba según la fase: en la planificación, pesaba la falta de sentido personal; en la ejecución, pesaba la falta de estructura. Los proyectos importantes suelen tener sentido de sobra. Lo que les falta, cuando llega la hora de hacerlos, es forma.
El plazo que no existe y la recompensa lejana. En el metaanálisis de Piers Steel (2007), que reunió 691 correlaciones, la distancia hasta el plazo y la aversión a la tarea están entre los predictores más consistentes de la procrastinación. Es la cuenta de la motivación temporal: el valor de una tarea crece a medida que se acerca el plazo. Lo que no tiene plazo nunca se acerca lo suficiente.
El alivio ahora, la cuenta después. Dianne Tice y Roy Baumeister (1997) siguieron a universitarios a lo largo de un semestre. Al principio, los procrastinadores reportaban menos estrés y menos enfermedades que los demás. Al final, reportaban más de las dos cosas, y sacaron calificaciones más bajas en todos los trabajos. Posponer es un buen negocio durante algunas semanas. Después, no.
¿Por qué la culpa lo empeora todo?
Porque le suma a la tarea otro sentimiento desagradable, y de los sentimientos desagradables es de lo que huye la procrastinación.
Fuschia Sirois (2014) estudió cuatro muestras, con 768 personas en total. En todas, procrastinar estaba asociado a menos autocompasión y más estrés, y la autocompasión ayudaba a explicar la relación entre ambos. En otro estudio, Wohl, Pychyl y Bennett (2010) siguieron a 134 estudiantes de primer año entre dos rondas de exámenes. Quienes se perdonaron por haber procrastinado antes del primero tuvieron menos emociones negativas después y procrastinaron menos antes del segundo. Los datos son de asociación, no de causa, pero la dirección es consistente.
Con la tarea importante, ese ciclo es más fuerte. Cada semana sin abrir el portafolio se vuelve otra prueba de que "no soy capaz", y esa prueba vuelve el portafolio todavía más amenazante. La tarea que ya era un veredicto se vuelve un veredicto atrasado.
¿Qué ayuda, motivo por motivo?
Si lo que te traba no es la tarea importante, sino el volumen de todo lo que la rodea, el protocolo de cómo empezar una tarea cuando estás abrumado te sirve mejor. Y si te trabas incluso con lo que deseas hacer, sin ninguna incomodidad, vale la pena leer procrastinación o disfunción ejecutiva antes de cualquier táctica.
El problema que queda
Todas estas salidas exigen algo que la tarea importante no tiene: alguien que la traiga de vuelta. El correo del cliente se recuerda solo, porque el cliente lo reclama. El portafolio de Lucía no tiene cliente. Nadie va a preguntar por él el martes, y por eso llegó a octubre intacto.
Por qué quería un recordatorio que insistiera
Las cosas que más pospuse en mi vida nunca fueron las urgentes. Fueron las que solo yo sabía que existían, y que por lo tanto nadie me reclamaba.
En ASB, la tarea importante gana lo que el correo del cliente siempre tuvo: alguien que pregunta. Acuerdas con Sofia ("todos los martes a las 19:00, una hora para el portafolio"), y ella aparece en WhatsApp a la hora, insiste en el nivel que elijas y, si desapareces, te pregunta si todo está bien. Sin regaños, porque el regaño es lo que alimenta el aplazamiento.