A las siete y diez de la mañana yo estaba limpiando las juntas de los azulejos de la ducha con un cepillo de dientes.
No era un cepillo viejo. Era el mío.
La tarea más difícil de mi día era responder un correo. Cuatro líneas. Cinco, con el "saludos".
La noche anterior había leído que hay que comerse el sapo temprano: hacer primero lo más pesado y tener el resto del día de regalo. Me senté. Abrí el correo. Lo leí tres veces. Fui por un café. Volví.
Ahí fue cuando noté las juntas.
El correo salió casi a las seis de la tarde. Me tomó once minutos.
El sapo, explicado sin poesía
La regla cabe en una frase: elige la tarea más importante y más postergada del día y hazla antes que todo lo demás.
Quien popularizó la idea fue Brian Tracy, en Eat That Frog!, de 2001, publicado por Berrett-Koehler. La frase suele atribuírsele a Mark Twain, pero quienes fueron a buscar no encontraron nada parecido en su obra: el registro más antiguo es de un moralista francés del siglo XVIII, que hablaba de tragarse un sapo por la mañana.
El razonamiento es honesto. La tarea difícil cuesta más voluntad, la voluntad es lo primero que se acaba, así que gástala en lo caro mientras todavía te queda.
Conozco a dos personas a las que les funciona exactamente así.
Las dos se despiertan cantando.
La investigación que no ayuda a mi tesis
Antes de derribar el sapo, es justo decir que tiene una pata fuerte.
Unos investigadores siguieron durante seis años a los médicos de una sala de urgencias y describieron la preferencia por terminar tareas: con mucha carga, el profesional elige el caso más fácil. Parece que rinde más. No rinde. Ajustado por la complejidad de lo que se resolvió, el desempeño empeora, y quien pasa la jornada en lo fácil aprende menos.
Despachar lo pequeño primero tiene un costo medido.
Guarda esto. Vuelve al final.
¿Por la mañana para quién?
"Por la mañana" es la parte del consejo que nadie discute. Y es la más frágil.
En un estudio con 121 atletas de competencia, los matutinos rindieron al máximo cerca del mediodía; los intermedios, a media tarde; los vespertinos, casi a las ocho de la noche, con una variación del 26,2 % entre el peor y el mejor horario de su propio día. Cuando se midió por las horas desde que cada uno se despertó, y no por el reloj de pared, los grupos se acercaron.
Es una prueba física, no un correo difícil. Pero el mensaje sirve: la hora que importa no es la del libro, es la de tu última noche.
Para quien se despierta a las 6:30 funcionando, el sapo a las siete es un gran consejo. Para quien recién se vuelve persona a las diez, es una invitación a mirar la pantalla durante tres horas.
Dónde se atraganta el sapo
El segundo problema es más de fondo.
Hay gente que empieza el día con el motor frío. No es pereza: la primera tarea del día ya tiene que vencer una inercia, y si además es la peor, es como pedirte que empujes el auto cuesta arriba.
Teresa Amabile y Steven Kramer reunieron cerca de 12 mil registros diarios de 238 profesionales en siete empresas. Lo que más aparece en los días buenos no es la inspiración ni el elogio: es haber avanzado en algo que importa, aunque sea poco. Lo llamaron el principio del progreso.
Traducido a la mañana: una pequeña victoria antes del sapo no es una huida. Para cierto tipo de cabeza, es lo que hace posible el sapo.
Solo que la pequeña victoria es también la excusa más cómoda que existe. Así fue como terminé con una ducha impecable.
Cómo saber de qué lado estás
Esto no se decide en la teoría. Se decide en tres mañanas.
Lo que queda después del sapo
El método elige el orden. No elige el sapo.
Y decidir cuál de los seis pendientes importa hoy es justamente la parte que te traba, porque exige mirar los seis.
Después viene lo peor. A las diez de la mañana, que era tu hora, nadie aparece para decirte que es ahora. El libro está en el estante. La regla está en tu cabeza, junto con las otras cuarenta cosas que tienes que recordar por tu cuenta.
El sapo sigue ahí, quieto, esperando a que te acuerdes de él.
El sapo es paciente.
Lo que hice con esto
Pasé años creyendo que mi problema era levantarme más temprano. No lo era: era no tener a nadie que me dijera "es ahora" en la hora que de verdad era la mía, ni que me preguntara "¿entonces cuándo?" si le decía que no podía.
Esa es la pieza que quise poner en el ASB: una asistente que guarda el sapo del día, aparece a la hora acordada y acepta reprogramar sin poner mala cara.